lunes, 11 de abril de 2011

Escucha mi voz... (susurro)

Que belleza colocar atención a la palabra, cuantas veces he querido hacer de mi vocabulario algo ligeramente agradable de escuchar y fallo intento tras intento. No quisiera justificar mi falta con decir que vivo en este país, en donde el valor de lo que se dice se ha reducido a lo más básico, donde la forma de referirse al querido amigo ahora no es más que lo que solía ser un insulto quizás, ahora “el perro” ha de ser también el adjetivo para nuestro afecto compañero. En este barco inmenso que viaja hacia el pacífico, que solía ser tan romántico y lleno de sueños desgarradores, la promesa ya no existe, y lo preciso va adquiriendo cada vez más un carácter deciduo. Si tan sólo juntarse a la hora acordada representa un desafío para el común de los de mi pueblo, quitándole valor al encuentro, o como si se tratase de algo azaroso responden “tipín” para no arriesgarse a quedar atados a un compromiso exacto.

Pero no voy a hacer eso, esta vez hago un mea culpa, porque fui negligente con mi propia lengua madre y al hacerlo he cedido mi energía a la desidia, quitándole valor a la forma en que mi presente se hace palpable y le da significado a quien me escuche.

Nunca es tarde para entrar en conciencia y si es de hacer lo correcto aún mejor. Porque la palabra no sólo educa, también libera, el sinfín de caracteres afines, que logran sacar de nuestra alma nuestras creaciones y de nuestra mente los pensamientos. Entonces, en este contexto, ¿Qué puede ser más valioso que la voz? Sólo el silencio que con su espacio infinito trae paz sin dañar la vida, quietud sin volverse entropía en los corazones y sin quitarle aliento a los lápices más inquietos.

¿Pero cómo llegamos a ser poetas los hombres? ¡Ah, qué belleza!, esto se lo debemos a nuestras mujeres, son ellas que con su moral superior nos impulsan a ser mejores, las moduladoras del cambio, artífices de toda creación. Sin ellas nuestro código genético permanecería inerte, quizás aún estaríamos golpeando piedras en nuestras cavernas solitarias. Bueno sin ánimo de exagerar, pero ustedes saben cómo les gusta escuchar que las amamos, y a nosotros cuanto placer nos trae susurrárselo al oído.

Entonces amigos, ¿no sería lindo que aquello que ha de susurrarle al oído a la madre de sus hijos fuera algo articulado y bien pensado? Lleno de valor y significado.

Sea veraz, no hay nada en el mundo más seductor que la verdad.

Jesús dijo: “Aquél que escucha mi voz, escucha la verdad”, creo que con eso intentaba decir que amaramos a través de nuestras palabras.

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Invitación al asombro

Y quien dijo que la inteligencia se limitaba sólo al hombre?