martes, 24 de julio de 2007

Hablar con la verdad


Es un tema muy sensible para mí la violencia verbal a la que concurren las personas cuando sus egos se sienten afectados por algún tipo de comentario.

Es increíble como el enojo es capaz de nublar nuestra razón al punto de olvidar quienes somos y a quienes amamos. Claro está que este enojo puede ser una sutileza imperceptible a veces para nuestro conciente. Un pequeño desliz de nuestra atención y un gesto, una palabra, una mirada puede hacer que nuestro mundo colapse cuando vemos a la persona que amamos agraviándonos de manera impensable.

Hay quienes dicen que sería falso ocultarse tras una capucha de autocontrol, mientras se hierve por dentro… con lo cual estoy completamente de acuerdo. Lo que sucede es que ya es muy tarde para entonces, las emociones no son controlables (desde mi punto de vista). Surgen y son abrasivas, no tienen límites concientes, lo derriten todo a su paso, lo cual me parece hermoso.

Aquí no estoy hablando de una represión racional como el que se ejerce tan habitualmente en la cultura Inglesa, en la que los modales superan la transparencia de la comunicación. O el cinismo con que los chilenos ocultamos lo que queremos decir detrás de “la talla”.

Esto se trata de agudeza… de hablar con la verdad, sin caer en desaciertos ni bajezas. El esfuerzo que propone esta nueva iniciativa moral habla de un replanteamiento que va más allá de un cambio de actitud superficial. Me parece que se trata de un auto reconocimiento de nuestra verdadera identidad como seres humanos y de recalibrar los parámetros sobre los cuales guiamos nuestras decisiones al comunicarnos.

Decir hablar con "La Verdad" puede sonar un poco fuerte, ya que… ¿quién conoce la verdad? ¿Y quien es dueño de usarla en un diálogo? Los puntos de vista son infinitos. Por eso me gustaría hacer un pequeño paréntesis para mencionar una de las escenas más fascinantes de nuestra historia. Escena que, si bien podría ser ficción no deja de ser interesante por las distintas enseñanzas que nos deja.

Quid Est Veritas?* (¿qué es la verdad?) pregunta Poncio Pilatos, dibujado como un noble digno y heroico, en una postura inquisitiva y segura, cuestionando a su interlocutor (Jesús de Nazareth) con toda la palma descubierta en espera. Nótese el detalle de los juegos de luces, son muy interesantes. Ésta envuelve a Pilatos y no a Jesús quien, sumido en oscuridad, con su hábito y cabellos desgreñados en una postura semiencorvada y con el seño fruncido, da la sensación de un lunático entumecido por la duda y que sólo se atreve a responder con un silencio.

En la siguiente pintura ocurre todo lo contrario. Poncio Pilatos “es” la oscuridad, la duda, el desacierto, la búsqueda, la ignorancia. Dibujado como una silueta oscura y violenta. Mientras Jesús, permanece “en la luz” o mejor dicho, Cristo-es-luz, con los ojos cerrados envuelto en un halo de paz, sabiduría y amor. En su magnificencia ÉL ES la respuesta a la pregunta, puesto que cualquier palabra que dijera sería una definición y por ende, hubiese sido limitada a su forma o concepto. Él nos dice: “YO SOY la verdad”.

Se trata entonces de innovar el sistema al que nos automatizamos cuando hablamos. De un reconocimiento interno, de responsabilizarse de todas las acciones.

Las alternativas que podemos tomar al momento de elegir nuestras palabras son tan vastas como los extremos que separan estas pinturas. El hablar con verdad no es una estructura como bien podemos concluir. El silencio muchas veces es la mejor forma de decir, lo que nuestro interlocutor a veces no está preparado para escuchar. Hablar con verdad es acierto y actitud despierta, el idioma que está más cercano a la luz. Allí donde la violencia desaparece para dejar entrar el verdadero lenguaje del ser humano.

B.Ch.

*Para más información acerca de esta escena consulte investigaciones acerca de las "Vulgatas" en el Evangelio de Juan 18:38

Invitación al asombro

Y quien dijo que la inteligencia se limitaba sólo al hombre?